El grito (#8M)

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(dedicado a todas ustedes hermanas en esta lucha)

A veces quiero gritar
Pero no gritar así sin más
No es un grito sencillo
Es un grito enmarañado repleto de tripas
Repleto de nombres y rostros
Es un grito que sube desde las entrañas y se atasca
En el pecho como un ancla
Pesado y frío
Como sus cuerpos descartados
Desfigurados
Como las sentencias que no son más que escupitajos
En nuestras caras teñidas de violeta

A veces quiero gritar
Y nada sale
Lo siento trepar por la garganta y quedarse
Atrapado en un silencio inmóvil
Como un sepulcro
En el que ellas respiran el último aliento
Antes de que sus corazones estallen de dolor
Último recurso de un cuerpo que ya no aguanta

¿Y es que quién carajo aguanta ya?

A veces necesito gritar
Un grito envuelto en llanto, envuelto en bronca
Y sí, envuelto en odio también
Porque la libertad está reservada
Para violadores y femicidas
Y la sociedad repudia nuestras tetas

Porque vamos cayendo como moscas
Y nuestras vidas valen 5 pesos
Y si nos fijamos bien,
ni siquiera eso
Mientras piden que pidamos bien las cosas
Como si el violador se fuera a conmover
Porque pedimos por favor y sonriendo
Como si exigir que no nos maten
Fuera un pedido de benevolencia
Y no un reclamo de supervivencia

A veces necesito gritar
Gritarle al aire y a la nada misma
Dejar que la frustración y el horror salgan del pecho
Porque les importa un carajo la negrita
La pobre
La torta
La trans
La putita
Les importa un carajo que la destruyan
Y capaz en un punto hasta les gusta

Quiero gritar desaforada
A los que dicen exageradas
Cuando decimos que estamos en riesgo
Que esto es una guerra
Y está bien si el término no convence
Genocidio, ¿les parece?
¿Cómo nombran un exterminio
Avalado por la justicia
Que deja libre a victimarios
Y mete en cana a la víctima?

A veces necesito gritar
Y aunque ni un hilo de voz salga
Me basta mirar a mis hermanas
Para reconocer el grito en sus ojos
En la tensión de sus espaldas
Quizá sea hora de que los larguemos
Y que nuestro grito colectivo envuelva la tierra
Que pisemos fuerte y en conjunto
Para que se sienta en cada rincón del mundo
Que acá estamos
Pisamos fuerte
Y ya no callamos.

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Dancing with the devil

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– Vos entendés que si estamos acá no es de pura casualidad, ¿no?
– ¿A qué te referís?
– A que todo estaba yendo a esto; era inevitable, ahora o más adelante, que termináramos acá, sentadas con una mesa en el medio, una cerveza y un fernet, hablando de qué mal salió todo, teniendo La Charla y lamentando el coulda, woulda, shoulda.
– Tampoco es La Charla, desdramaticemos un poco.
– ¿Ves? Inevitable.
– No te hagas la mística, chaboncita.
– Y no entendés, eh.
– ¿Qué cosa no entiendo? Le estaba intentando poner onda.
– Ya sé. Sos tan trágica, negra.

Selva frunció el ceño, sin saber realmente si de ofendida o confundida. Vir la miró, leyendo los microgestos que se le escapaban sin esfuerzo. Sacó un cigarrillo, sin decir nada más, lo llevó a sus labios. Bajó la mirada a la llama.

– ¿Trágica por qué?

Vir levantó la mirada hacia sus ojos. ¿Por qué? se pregunta, como si no fuera obvio. Largó el humo lento, pausado, estirándolo.

– Porque incluso con todo lo que pasó, seguís queriendo emparchar las cosas. Ni siquiera arreglarlas, emparcharlas, porque sabés que no tienen arreglo pero te negás a aceptar la inmutabilidad de algunas cosas. O tu propia inutilidad ante ellas, tu impotencia, tu no ser todopoderosa. Y es trágico, porque es ese mambo omnipotente el que nos trajo acá, a las dos. La diferencia es que yo sé aceptar cuando la jugué mal y vos sos la que le discute al referí.

Selva se inclinó hacia adelante, a punto de decir algo. Vir le levantó una ceja y soltó su media sonrisa sobradora.

– ¿Ves?
– … no es tan así…
– Ya sé que no, negra. Ya sé que es solo un aspecto de todo lo que atraviesa esta situación, ya sé que es sólo un aspecto de vos. Pero tampoco importan las totalidades y las diez mil aristas de nuestras personalidades, importan las relevantes, las peligrosas. Las que se parecen, las que se juntan y chocan y destruyen todo lo que tocan. La caprichosa, la superpoderosa, la soberbia, la egoísta, la ególatra, la infantil. Sabés que es así, en el fondo lo sabés aunque no quieras admitírmelo.

Vir le clavó una mirada repleta de tristeza. Pero algo más, algo peor. La miraba con esa pena enternecida con la que se mira a una nena de la calle, los pies descalzos y roñosos, sosteniendo un conejo de peluche a medio descoser. Selva frunció el ceño, se inclinó hacia adelante, el codo en la mesa, ahora sí ofendida. Nadie la miraba con tanta pena, carajo.

– ¿Te pensás que me conocés?
– No, creo que eso quedó más que establecido, es claro que no nos conocemos.
– Te sentás ahí, a psicoanalizarme, como si supieras algo de mí o de mi vida. Creés que porque hablamos un tiempo sabés quién soy y qué pienso, ¿quién es la soberbia entonces?
– Las dos.

Selva se volvió a apoyar en el respaldo de la silla, escrutando los ojos de Vir que seguían clavados en los suyos, desafiándola a algo. Había un fuego extraño detrás. Vir pitó con los ojos cerrados, largó el humo, volvió a abrirlos.

– No necesito conocerte para leer estas cosas en vos. Sos bastante más transparente de lo que quisieras, al menos para mí. Te esforzás por tapar los parches, las rajaduras y los agujeros que nunca llegaste a emparchar, te esforzás tanto en la construcción de ese personaje al que nada le importa y nada limita. Hablás de libertad porque es lo que anhelás, no lo que tenés. Hay muchas cosas que anhelás y nunca vas a reconocer. Y terminás haciendo cagadas.

Vir se inclinó hacia adelante y Selva pudo ver el reflejo de la vela jugar con el fuego de sus ojos. Algo en ella tembló un poco.

– ¿O realmente pretendés que crea que es la primera vez que te pasa algo así?

Selva la miró, fijo, intentando no fruncir demasiado los labios.

– ¿Te pensás que no reconozco un patrón cuando lo veo, Selva?

Selva corrió la mirada. El humo del cigarrillo se mezcló con un suspiro agotado en la boca de Vir.

– ¿Sabés qué? Me pregunto hasta dónde realmente nos entendimos y hasta dónde lo que nos fascinó fue el misterio detrás de las máscaras y no la cara detrás.

Selva se mantuvo en silencio, la vista fija en algún punto detrás de Vir, lejos, muy lejos.

– Che, ¿te enojaste?
– Obvio que me enojé, ¿quién te pensás que sos?
– La mina a la que pusiste en riesgo.- Vir giró la rueda del encendedor con tanta fuerza que la chispa reflejó en sus mejillas, los ojos negros filosos como dardos, las palabras saladas como el fondo de un paquete de pipas, – Perdoname, ¿te molesta que me tome el atrevimiento?
– Yo no te puse en riesgo.
– Ah, la negación, me había olvidado de mencionarla.
– ¿La podés cortar con la mierda pasivo agresiva?
– De pasiva no tiene nada.
– No vine a que me bardees.
– Bueno, qué pena. Boo-fucking-hoo for you. ¿Qué estabas esperando? ¿Que te dijera que me parte el alma porque sos divina y me encantás? ¿Que me gustaría que todo hubiera sido distinto? Ni lo uno, ni lo otro sería verdad. Y vos siempre me dijiste que ante todo honestidad. Bueno, acá la tenés, ahora no te quejes.
– No tenés por qué agredirme.
– No te agredo, Selva. No se trata de agresión, se trata de responsabilidad, de hacerse cargo. Se trata de que, sí, mis acciones nos llevaron hasta un punto, pero la estocada final, esa la diste vos. Vos y tu compulsión enferma por tirar de la soga hasta que se rompe, pinchar a ver si algo estalla, apretar el botón grande y rojo que dice “no tocar”. Y lo entiendo. La entiendo. La siento, la vivo, es también parte de mí.
– No sé de qué me hablás.
– Lo sabés. Te pido que al menos esta vez, considerando la situación, dejes de mentirnos a ambas. Una vez, nada más.
– No te puse en riesgo…
– Puede que no haya sido tu intención. Ponele que eso te lo creo. Ponele que te creo que no querías hacer que todo lo que más me importa estuviera en riesgo ni desatar esta crisis que me tiene aterrada de mí misma y lo que puedo hacer. Puedo creerlo. Porque no pensaste. O sí, pero en vos misma y nadie más, en lo que querías en el momento y nada más. Y ese es el problema, eso es lo que nos trajo hasta acá, a ambas, a los tres. Vos, yo, tenemos este ego tan rebelde, tan bardero, tan autodestructivo y al mismo tiempo narcisista. Un ego tan malcriado y tan repleto de defectos. Que no haya sido tu intención es quizá hasta peor. No sé qué prefiero. Pensar que lo hiciste porque te importó un carajo todo o porque no te diste cuenta de que te estabas cagando en todo.
– Pero no fue as-
– No importa, ¿no entendés? No importa lo que digas, en definitiva. No quiero tus excusas, justificaciones, explicaciones. Nada de eso va a cambiar nada de esto.

Vir la miró otra vez con esa pena de antes, mezclada con una bronca en ebullición. Decepción, eso es. Vir apagó el cigarrillo apretándolo fuerte contra el fondo del cenicero, dejando una colilla arrugada y desarmada.

– El asunto acá es que sí, había un escenario en que esto podía haber funcionado de manera diametralmente opuesta; el problema es que requería que vos no fueras vos. Podría ponerme a hacer una lista de todas las formas en las que traicionaste tus propias ideas. Podría pensar directamente que no son más que una máscara, pero viste que a mí me gusta esto de ver lo mejor en la gente. Ingenua, dicen.

Selva atinó a decir algo, pero la mirada de advertencia de Vir la paralizó un segundo. Vir clavó el codo en la mesa, se inclinó hacia adelante, los ojos brillantes con vehemencia.

Vos lo pensás. Yo no. Yo lo. Tengo un prontuario de pésimas historias que lo demuestra y mi rigor científico le gana a mi soberbia. Una tras otra, todas siguen un patrón. Y en todas yo seguí los propios. Ver ese qué sé yo entre todo el caos, es casi un hobby (aunque irónicamente me cueste tanto verlo en mí – o quizá precisamente por eso).

Vir miró al cigarrillo casi consumido en su mano, decepcionada. Lo apagó, sacó su cigarrera y se llevó un cigarrillo a la boca.

– ¿Sabés qué me molesta? ¿Sabés qué es lo que nunca voy a perdonarte, a pesar de tener tanto para agradecerte? Que hayas sido descuidada. Don’t get me wrong, this was doomed from the start. Pero no era necesario que creara semejante incendio al prenderse fuego. Y eso sí es culpa tuya.

Vir se inclinó hacia adelante amenazante, apuntándola con una brasa acusadora.Era como si a su alrededor hubiera una bola de ira de golpe, como si los ojos se hubieran oscurecido. Ya no había ni un dejo de ternura en su voz.

– Sabías exactamente cuál era la situación y cuáles eran los límites. Jugaste con ambos, sabiendo que iba a hacer daño. Y no me hables de teoría, todo esto se trata de seres humanos, ¿o no? Hablemos de eso entonces. Hablemos de nuestras debilidades si querés. O de nuestros egos. We got cocky, porque es lo que hacemos. Tarde o temprano, algo así iba a pasar. Porque por mucho que yo me esforzara por cuidar lo mío, vos siempre fuiste un factor de impredecibilidad. Es lo que sos, en cierto sentido, o en muchos. Y está bien -o no, pero eso te queda a vos para cuestionar-, pero no me interesa. It doesn’t fit our building. Y sé que a vos la idea te da urticaria, pero pensé que sabías respetar las decisiones ajenas. Me equivoqué. Y en el proceso, casi tiro el edificio al carajo. Por torpe. Por ser la ingenua de siempre.

Selva se fue hundiendo en la silla hasta quedar mirando hacia arriba, hastiada. Vir tomó la botella y le dio un trago a la cerveza. Apoyó la botella con fuerza en la mesa. Selva se sobresaltó y la miró.

– Pero no te voy a permitir que te laves las manos. No te voy a permitir que me des un discursito berreta que ni vos te creés porque demostraste todo lo contrario. Suficiente cinismo hubo en tu accionar. Y no podés negar que sabías que estaba mal. No a mí. Quisiste testear el límite, como siempre hacés. No te puedo culpar, de cierta manera retorcida es lo que me atrajo. Pero you went too far.

Vir miró la brasa del cigarillo, la sopló suavemente, viéndola brillar con fulgor repentino y apagarse de igual forma. Golpeó el cigarrillo con el dedo, dejando caer la ceniza desde la altura del hombro, sin dejar de acodarse en la mesa. Siguió la ceniza con la mirada, la vio caer casi dentro del cenicero, resbalar por el borde y desparramarse sobre los resabios del sudor de su cerveza, formando una pasta asquerosa en cuestión de segundos. No pudo evitar una sonrisa ácida.

– La cuestión es que esa sos vos. Y en otra época, otra yo hubiera ido corriendo a una mina así. Ayer tres veces pensando en esta charla te nombré con el nombre de mi última ex. Los patrones y yo, viste que tenemos esta cuestión. En ese momento entendí todo lo que pasó, todos los mecanismos, cada tuerca y cada cadena que lo mantienen en movimiento. Entonces entendí dos cosas muy importantes con respecto a esta charla: primero, que la única mina con la que tengo que charlar es conmigo misma, porque ya no me puedo dar el lujo de inmolarme y dejarme deshacer, porque ya no soy una nena y ya no estoy sola; y segundo, que vos sos vos, con todo tu caos y tus contradicciones y tu constante estallido, y no lo quiero cerca ni siquiera un par de minutos, ni lo que tomaría esta charla.

Selva cerró los ojos y respiró hondo. La miró. Pero esta vez la miró de verdad. Las ojeras, las comisuras de la boca, las pestañas hidratadas de tantas lágrimas. El desdén en las pupilas.

– Pero podemos hablar…
– No. Y sabés que no. Y que insistas lo único que hace es demostrar más aún por qué no. No sabés cuándo parar. Sos pésima perdedora. Pero yo no. “Cuando alguien te muestra quién es, creele la primera vez”.

Vir apagó el cigarrillo, empinó el último trago de cerveza y se levantó de la silla.

– Es por eso que esta conversación nunca sucedió. Yo voy a seguir con mi vida, vos con la tuya. Y esto va a quedar en lo que fue, una historia bizarra, retorcida, y repleta de errores que no hace falta estirar más. Dejémosla morir con algo de honor.

Vir le puso la mano en el hombro y apretó. Selva se sintió desvanecer lentamente.

– No te pongas mal. Y no le des más vueltas. Nos divertimos un rato, sí. Pero ese rato ya pasó y es hora de que volvamos a ser desconocidas, algo que en el fondo nunca dejamos de ser.

Vir se inclinó y le besó la mejilla casi invisible ya.

– Ya no hay nada acá para ninguna de las dos. Ni siquiera nosotras mismas.

La mano de Vir quedó unos segundos colgando en el vacío. Apagó el último cigarrillo.

– Y está bien así. This is our goodbye. Y así tiene que ser.

Caminó hacia la puerta, se detuvo en el umbral un segundo. Salió. Detrás de ella, el vaso de fernet lleno dejaba una marca en la mesa de madera junto a una cerveza tan vacía como las sillas.

¿Cómo te explico?

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¿Cómo te explico?
¿Cómo te explico qué se siente
que el corazón se te comprima
y al mismo tiempo estalle
cada día con cada nueva noticia
con cada nuevo “apareció el cuerpo”
con cada nuevo “su familia la busca” y
“la última vez que la vieron”,
que probablemente sea la última?
¿Cómo te explico esto que entre nosotras entendemos
y que se engrana en las entrañas y no se va
y crece
como un cáncer que no mata pero envenena,
esta, nuestra realidad, que para vos
ni siquiera es ficción?
¿Cómo te explico que no importa si fuiste violada o no
igual siempre volvés con las llaves entre los nudillos
la capucha en alto cual casco de guerra
mirando a todos lados
atenta, alerta
alerta que camina
y camina y camina y teme por su vida a cada paso?
¿Que a vos te roban cosas y a nosotras los cuerpos?
¿Cómo te explico lo que se siente
vivir en una guerra constante
sentirse coto de caza
crecer sabiendo que todo hombre puede ser una amenaza?
¿Cómo te explico que cuando digo eso
no digo lo que estás entendiendo?
¿Cómo te explico ese alivio en el abrazo de una hermana,
la sensación de que otra vez llegaste sana y salva?
¿Cómo te explico lo desgarrador de que sea una victoria
algo tan básico como llegar a casa?
¿Cómo te explico que “yo soy Melina” no es sólo un eslogan,
es un designio?
¿Que cada fin de semana temo por mis amigas?
¿Que ese miedo me acompaña desde que tengo memoria
y eso me llena de bronca?
¿Cómo te explico algo que no te toca?
¿Cómo te explico que vos nos mirás desde una pecera,
mientras nadamos en un océano de tiburones
y nos decís exageradas?
¿Cómo te explico lo que significa
que he dejado de salir por miedo a volver sola?
¿Que “me la estaré buscando” todavía es un factor
a la hora de elegir la ropa?
¿Cómo te explico el ahogo, el llanto, el grito
cada vez que un tipo de noche se te acerca?
¿Que más de una vez me pregunté “¿apareceré muerta?”?

Decime, ya que tanto te gusta hablar
¿cuántas veces te subiste a un auto y ese pensamiento cruzó por tu cabeza?

Hay un vidrio entre vos y nosotras.

No importa lo que digamos,
No importa lo que vivamos,
el sonido nunca te llega.

Y mientras tanto,
seguimos contando muertas.

Colores

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Si todo color se borrara del día
y sólo quedaran en pie los edificios
muertos como las flores y nosotros
y las iglesias que crecen a tus pies

Si nadie dijera una palabra
y un espiral de labios secos fagocitara
nuestras sonrisas y los picos de las aves
entre darbekas rotas de viento

Te pediría una melodía
y cantaría al sol y a la mañana
entre los arpegios ocultos de los ombúes

Te diría que abrieras los ojos
para ver el blanco que creamos
con todos los colores del mundo

Recuerdos del 2001 de una nena de clase media

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Durante ese año había usado aparatos fijos y en noviembre me los sacaron para pasar a los tan esperados móviles, esos que se llevaban colgados al cuello en una cajita, esos que no te arruinaban la sonrisa y, por ende, todas las fotos de tu último año de primario. Mamá me llevó al dentista en los primeros días de diciembre y salimos de ahí con mis flamantes aparatos móviles que iban a completar el laburo de un año de soportar ser llamada “Betty la Fea”. 
Era toda felicidad con mis dientes libres de brackets y mis aparatos móviles colgados en su cajita verde y el día seguía con las compras para mi viaje de egresados, a sólo unos días de distancia. Mamá me compró varios shorts y remeras en Bacchino, a pesar de que mis compañeritas tenían todo de Scombro o 47 st; claro que, un pantalón en Bacchino salía 10 pesos contra los 70 que salía uno de esas marcas y, aunque yo no lo supiera en ese momento, mis padres estaban preocupados por la situación económica. Pasamos por un Scombro y vimos un jean de mi talle a 20 pesos, oxford con bordados en la botamanga, de esos que Bacchino no tenía, y Mamá decidió consentirme un poco: ese fue mi primer jean de marca (y lo atesoré durante años). 
Después de las compras, fuimos a almorzar a Burger King. Mamá estaba con ganas de mimarme y me compró un combo, de esos caros que salían 6 pesos y que con mi hermano siempre queríamos y siempre nos eran negados. Comimos, nos reímos, nos fuimos a seguir comprando. Y descubrimos, al par de cuadras, que los aparatos nuevos habían quedado en la bandeja del Burger.
Mamá se puso como loca, me agarró de la mano, corrió al local, buscó la mesa. Estaba limpia ya. Yo la seguía con una tonelada de bolsas diciéndole que no había forma de encontrarlos, que los habían tirado. Mamá increpó a una empleada. De repente estábamos en el depósito, rodeadas de bolsas de basura y bolsas de ropa, Mamá revisando las bolsas, una atrás de otra, desesperada.
Los aparatos no aparecieron, después de cuatro bolsas enormes de basura. Mamá fue al baño en silencio, se lavó las manos, agarró algunas bolsas y nos fuimos a casa. No más compras hoy. No, helado no. Mamá caminaba con la mirada al frente llena de preocupación y bronca. Nos subimos a un colectivo, en lugar de ir en taxi como siempre. Cuando llegamos a casa, Mamá llamó al dentista para preguntar por un segundo aparato móvil. “Sí, ya sé que la obra social cubre uno por año. Cuánto? 1000 dólares? Mmm”.
Dos días después estaba en la puerta del colegio, partiendo hacia Córdoba con toda mi ropa nueva y mis compañeritos de colegio privado con su ropa de marca y sus discmans último modelo (yo andaba todavía con mi querido walkman). Volvimos del viaje de egresados el 17 de diciembre, tostados, contentos y llenos de regalos para nuestras familias. Nos recibió el pánico, el desconcierto, el desconsuelo. Nos recibieron nuestros padres intentando poner su mejor cara, intentando resguardarnos de lo que estaba pasando. Mamá nunca fue buena para esconder la preocupación, se la vi en los ojos cuando bajé del micro. 
Recién hoy comprendo esa mirada: ella ya sabía que no iba a tener mis aparatos móviles y que esa salida a comprar ropa iba a ser la última que hiciéramos hasta mucho tiempo después. Recién hoy comprendo por qué mi madre decidió consentirme tanto ese día. Sabía que era posiblemente la última oportunidad de hacerlo

Silencios idiotas

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Quiero atravesar inviernos con vos,
surcar veranos,
verte desde la arena chapotear como una nena feliz,
quiero recorrer el mundo con vos
y ¿por qué no? el tiempo también.

Quiero tener tu mano en año nuevo
no tener que pedirla y que esté ahí entre las mías
riendo como un sapito contento.

Quiero levantarme y dejar salir a nuestros seis perros
antes de despertarte con un beso de café,
quiero hacerle dibujitos a tu espuma
uno distinto cada día
y que igual todos parezcan corazones o caquitas
dependiendo del humor de nuestro día.

Quiero tus otoños y tus primaveras
quiero tus suspiros antes de que te gane el sueño
el brillo que siempre se esconde en tus ojos
ese fulgor que me dice que estás verdaderamente viva

Pero quiero, por sobre todas las cosas,
la magia de tus abrazos
el perfume de tus caricias
el abrigo de tu voz
tener tu mano en mi mano
quiero mirar a mi lado
y encontrarme con tu sonrisa.

Símbolos y reconstrucción

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No sé por qué dicen que las rosas son las flores del amor, cuando claramente son las margaritas. Las rosas son las flores del amor de cotillón, ese en el que los jóvenes se enamoran, se rebelan, los enemigos se interponen y que siempre tiene perdices, como si alguno supiera qué demonios son las perdices realmente. El amor de los corazones de caricatura, los bombones y moños y ositos que dicen “te amo”, ese amor prefabricado de dedicatoria de radio, con mucho perfume y poco olor.

Las margaritas son las flores de la incertidumbre. Ese constante no saber qué viene después, ese subibaja emocional a cada pétalo que cae, esa imposibilidad de predecir si el último pétalo va a darnos una alegría o una sentencia. El amor en nuestra vida es como las margaritas: una secuencia de pétalos dudosos, dulces y trágicos, amables y mezquinos por igual, que van cayendo a medida que avanzamos hacia destino sin dejarnos más opción que seguirle el juego o dejar de jugar, seguir sacando pétalos o sucumbir al miedo.